viernes, 31 de enero de 2014

Sartre

Lo (auto)prometido es deuda y, además de leer un poco más, al acabar la época de exámenes me había propuesto volver a escribir. Así que andaba yo por la cocina, ociosa, pensando en un tema que volviera a dar vidilla a este blog tan abandonado que tengo. Y por desgracia, como hoy he tocado política en el trabajo (copago, impuestos, despidos...), la apisonadora del PP ha hecho acto de presencia entre mis pensamientos. Està tot molt mal, como diría ese señor de Youtube, puro en boca, que se jacta de trabajar menos que sus paisanos. Està tot molt mal para mi generación. Y para la de antes, la de después y las sucesivas. Vamos a morir todos, blablablabla. Ese tipo de cosas.

Cuando se me empezaba a olvidar el propósito inicial de tanto pensar, me ha venido un flashback. Yo fui a un colegio de curas, y tenía a uno (¿o era fraile? bah... no sé ya ni la diferencia) como profesor de ética. Un día, dando a algunos de los grandes filósofos de la historia, este profesor -que en capítulos anteriores había despotricado contra el aborto, ese gran pecado que nos impusieron a las mujeres los malditos socialistas- nos habló de Sartre y su angustia vital. Angustia vital, qué cosa más impensable, pensé.

Pues eso: he vuelto a pensar que era impensable angustiarse. He cogido un pedazo de chocolate puro (81%, ojo, droga dura) y me lo he comido. Ahora me siento mejor. No sé cuál de las dos cosas me ha liberado más serotonina.

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