domingo, 30 de diciembre de 2012

Con los pies en la tierra

La lentitud del domingo alarga los minutos y antes de las 9 ya estoy en el coche yendo hacia el aeropuerto. A pesar de ser diciembre, el cielo está despejado y el tímido sol que baña de plata mi calle dará calor más tarde. Pero yo ya no estaré allí.

Jóvenes correteando por las aceras, haciendo lo más corto posible el paseíllo de la vergüenza. Paseadores de perros. Señoras madrugadoras. Esa es la fauna que puebla, ha poblado, y poblará mi ecosistema. Las llamas de la crisis han hecho que los ánimos sean un poco más cenizos. Que algunos inquilinos hayan abandonado sus locales, sus negocios. Los carteles de se vende y se alquila proliferan imparables. Pero, en el fondo, todo sigue igual.

Allí he hecho botellón, en aquel banco comí pipas, en este metro esperé a mi exnovio. El sol ocupa poco a poco las calles que yo voy dejando vacías de mi presencia, pero jamás de significado. Las largas avenidas se suceden y las conozco. Lo conozco. Me es familiar. 

Un cartel de El Corte Inglés, escueto, proclama (o se lamenta): "Felices Reyes". En letras doradas como las de una corona real, así que más probablemente es lo segundo. Más carreteras. Más coches. Y al final, un aeropuerto con pretensiones de ser El Prat. Pero nada se le puede reprochar cuando el aeropuerto vecino ni siquiera tiene aviones.

Me cuesta arrancarme de mi país, en el fondo. Las tres horas de retraso que paso vagando entre suelos pulidos, techos altísimos y dependientas explicando qué vino es el mejor para llevarse de souvenir en un inglés macarrónico son las últimas pinceladas de la imagen que dejaré intacta en mi memoria hasta que vuelva, dentro de ¿seis meses?

Sin embargo, prefiero quedarme con la imagen que probablemente he soñado las dos horas que he pasado en brazos de Morfeo, paseando entre las nubes. Mi familia, mis amigos, el sol, la comida, lo de siempre. Al despertar, ha debido ser tanta la emoción al contemplar ese cuadro, que me he mareado. He sentido vértigo, por primera vez en mi vida, al observar Holanda, toda lisa y verde, desde las alturas. Así que he cerrado los ojos, he dejado pasar el desmayo inminente y al aterrizar he vuelto a ser yo. Con los pies en la tierra.

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