viernes, 25 de febrero de 2011

Debilidades y fuerzas


¿Por qué no puedes desengancharte del tabaco? ¿Por qué necesitas alcohol para ahogar tus penas? ¿Te desesperas por una semana sin sexo? ¿Y todo eso te parece normal?

Puede que sea intolerante con algunas cosas, pero creo que cada vez es más frecuente en la sociedad la insana costumbre de huir de los propios males y esperar que los demás los solucionen. Personas que no pueden dormir recurren automáticamente a pastillas, chicas incapaces de vivir sin novio se atiborran a chocolate y buscan nuevas almohadas humanas en las que llorar (ojo, no niego que la amistad sea de agradecer en los momentos difíciles)... supongo que a todos se nos ocurren ejemplos recurrentes de conocidos que no se ponen cara a cara con sus problemas y andan quejándose cual perrito apaleado, sirviéndose de cualquier método para salir del paso. Cualquier método menos el de aguantar, tragar y superar por uno mismo.


El ser fuerte y resolver las cosas personalmente está decididamente demodé, olvidado, menospreciado. Por supuesto, hay gente que necesita ayuda profesional o apoyos exteriores para superar sus vicios, pero hay límites. Somos jóvenes. ¿Cuánto tiempo llevan estas personas viviendo como adultas? Menos de 10 años, en los términos a los que me refiero. La infancia es mucho más larga: ¿cómo es posible que hayan pasado 15 años sin fumar o sin recurrir a medicamentos y ahora, en mucho menos tiempo, ya no puedan solucionarlo ellos mismos? ¿Es un paripé? Sí, señores, se llama no querer afrontar la realidad. Si somos adultos para caer en las tentaciones, somos adultos para salir de ellas. O, al menos, para intentarlo primero y en caso de fracasar, pasar al plan B. De eso va esto de vivir. Te caes y te levantas.



















Las personas somos seres sociales, y es casi una necesidad relacionarnos, crear vínculos. Y he dicho CASI. Porque también es una necesidad tener tiempo para estar solos, para pensar, reflexionar sobre lo que hacemos y por qué lo hacemos, por qué estamos contentos con nuestras vidas o no. Y para decidir nosotros mismos qué caminos vamos a seguir. Así de simple, uno maneja su destino en la medida de lo posible; y a veces dejamos que las opiniones y reflexiones de otros suplanten y llenen de ruido las nuestras hasta tal punto que no nos podemos oír entre tanto barullo mental.

Pero si una cosa he sacado en claro de todo el asunto es que cada uno es como es. Hay que conocerse primero, comprenderse, saber lo que nos gusta y lo que no. Todo a su tiempo, claro. Y nunca dejar de soñar. Mantener la capacidad de fantasear con planes o personas que nos hacen ilusión es lo que da chispa a la vida, lo que nos ayuda a soportar todo aquello que nos hace sentir débiles. Soñar es lo que nos hace fuertes.

Me despido con un ejemplo. La infancia es la época más bonita e inocente de la vida, y precisamente, ¿por qué? Pues porque somos tan inocentes que todavía no sabemos lo que es ser débil ni fuerte, ni nos han impuesto opiniones, ni nos han soltado que soñar es de tontos. Yo era muy feliz pensando que iba a ser maestra Pokemon o que me iban a mandar una carta de Hogwarts. Tan sólo se trata de buscar a ese pequeño niño que llevas dentro y afrontar las cosas.

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