jueves, 11 de noviembre de 2010

El Ágora, ese gran desconocido


"El tenis es un deporte aburrido". Me dispuse a derribar este tópico -o unirme a los que lo profesan- el día 6 de noviembre, noche de la semifinal del Open 500 de Valencia, para el que me habían caído dos entradas del cielo. A todo esto, sin mi acompañante-comentarista no hubiera entendido ni la mitad del partido, es lo que tiene no ser muy deportista... ;)

Pues bien, nos dispusimos a aparcar por las cercanías del recinto del Ágora -sí, ese que parece una almeja azul-, dudando si habría sitio o no. Por suerte, se encuentra estratégicamente situado entre dos centros comerciales, el Saler y el Aqua, que disponen de aparcamiento gratuito durante unas horas; sin embargo, no estaba todo tan lleno como pensábamos y no fue tan difícil aparcar. Por los alrededores nada indicaba que se estuviera celebrando un evento deportivo de esos -al menos, eso dicen en la Generalitat Valenciana- que atraen montones de turistas.

Y entonces, se hizo la luz. La luz de los chiringuitos que tenían allí montados, digo. Una buena riada de gente bajaba hasta ese desconocido lugar, interminablemente en obras, que se encuentra junto al Museo de las Ciencias. Había pequeñas tiendas de ropa de deporte y, lo que más me gusta, puestos en los que daban muestras gratuitas de cosas: perfume de Adolfo Dominguez, productos -¡sólo masculinos!, qué decepción...- de Dove... También había un recinto para que los niños jugaran -la verdad, llevar a jugar al niño a un sitio con tal tumulto de gente es un poco ilógico- y puestos de comida rápida con precios de tenis, ¡hot dog a 5 euros!

Ante la entrada, habían colocado un pequeño saloncete para Radio 9, que me apresuré a curiosear -como dice Juan de Dios Ramírez-Heredia, siempre hay que ir con la curiosidad por delante-, aunque me urgía más entrar a calentar mi silla porque se hacía tarde y hacía frío. Un último vistazo a la enorme pantalla con sus altavoces -muy a lo MTV, en vez de poner música española sonaba California girls-, y para adentro.

Primera impresión: ANDAMIOS. ¿Cómo que andamios? Ya sé que esto no es Wimbledon, y sólo es un Open 500 pero, en fin, ya que tenemos anuncios de Amstel diciendo que nuestro Ágora "mola más", pensaba que algo de razón tendrían. Pues no. Un entresijo de andamios rodeaba la pista de tenis en la que se ha celebrado todo el torneo.

Segunda impresión: horribles sillitas de plástico que eran más apropiadas para niños. Vamos, que si las hubieran comprado en Ikea, habría salido más barato y hubiéramos estado más cómodos. No se aprecia muy bien en la foto, pero estabas prácticamente apretado contra el de al lado. Y el respaldo, blandito y corto -sí, perfecto para que la espalda esté recta y descansando en esos eternos sets que hacen... ¿se nota la ironía, no?-.

Aparte de esto, no hay mucho que recalcar. Ah, sí: el partido entre Granollers (España) y Simon (Francia) fue bastante monótono, con sólo algún punto de emoción, como un momento en el que el español le dio a la pelota aún estando a espaldas de él. El juego empezó con un Simon muy crecido que nos hizo pensar que vencería; pero después Granollers se impuso, generándole una divertida rabieta al francés, que en unos cuantos saques no fue capaz de lanzar la pelota más allá de la red -no estoy muy puesta en tenis, pero sacar no parece tan complicado jugando a Wii Sports... vale, no me peguéis-.

El público no era muy entusiasta, aplaudía igual a uno que a otro; creo que estaban más concentrados en el ejercicio de cuello que supone mirar hacia un lado y otro del campo -¡para qué ir a yoga, si tienes un partido de tenis!-, cosa que resultaba bastante cómica de ver. El único inciso en el que se volcaron fue aquel en que uno de los árbitros se llevó un pelotazo, pero para reírse. Pobrecito, qué sádicos.

A la salida, me fijé en el Amstel Lounge, muy vistoso. Había montada una terraza sobre la piscina más próxima al Ágora: las mesas estaban dentro de una especie de plataformas redondas instaladas sobre el agua, e iluminadas con velitas. Por fuera, además, había una zona de estilo chill out, con cojines y mesas en el suelo, que tanto se llevan ahora. Más adelante, Umbracle había instalado también mesas y sillas que se iluminaban de noche en tonos azules y rosas -a mi, es que estas cosas me encantan, creo que se nota- y daban un aspecto entre romántico e íntimo al lugar.

Confieso que no me quedé a ver el siguiente partido, en el que jugaba Murray; con este tuve ya bastante. La conclusión está clara: en mi lista de deportes que merece la pena ver, de momento el tenis no ocupa los primeros puestos. Donde esté el jolgorio que suscita el PowerElectronics... ¡que se quite lo demás!


2 comentarios:

Ginebra dijo...

Si te sirve de consuelo a mi el tenis nunca me ha hecho demasiada gracia... pero el sitio me ha parecido que tiene que estar bastante bien, no?

imperfecta dijo...

Bueno, por fuera es bonito, por dentro parece un esqueleto... pero no está mal! :)

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