martes, 19 de octubre de 2010

"Perdona, pero quiero tirar tu libro". Moccia, el rey del marketing.

Cuando vi en aquella librería el pasteloso -y nunca mejor dicho- marcalibros gratuito anunciando la próxima novela de Federico Moccia, reconozco que me emocioné. Un marcalibros con la imagen de una tarta de boda. "Perdona, pero quiero casarme contigo", se iba a llamar la obra. Yo soy de las que descubrió a Moccia con "A tres metros sobre el cielo", antes, incluso, de que empezara a apoderarse de las curiosas recomendaciones culturales de las revistas femeninas. Sí, era mi época quinceañera y cursi, y quizás mi capacidad de valoración no era completamente objetiva, pero admito que me gustó.
Después, llegó la hecatombe. El 'famoso' Moccia, vendiendo millones de libros, creó su propia espiral de riqueza y -paradójicamente- de destrucción. Riqueza, porque es evidente que con las novelas, las películas y todo el merchandising, habrá ganado unos cuantos euros. Pero destrucción, porque justo en ese momento, cuando el esfuerzo por inventar e innovar fue innecesario, comenzó a destruir su nombre, su leyenda, el mito de sus novelas. ¿Los candados en el puente y las llaves en el río? Eso ya es agua pasada.

En esta última demostración de cómo el dinero puede, en ocasiones, llegar a corromper el talento, Moccia echa mano de citas y composiciones de otros frecuentemente. Por ejemplificarlo de algún modo, si los editores hubiesen decidido prescindir de toda la parafernalia ajena a la creatividad del propio autor, el grosor del libro se habría visto reducido a la mitad. Es especialmente perturbador -molesto como una televisión encendida con el programa 'Sálvame' cuando intentas concentrarte en escribir o hacer un sudoku, diría yo- el hecho de que incluya letras de canciones de artistas italianos de los cuales, al menos en mi casa, no he oído hablar nunca -y no es que sea experta en música italiana, pero mis conocimientos tengo-. Tampoco ahorra palabras en citas de otros escritores o autores. Dicen que cuando uno no tiene argumentos propios, utiliza los de los demás, y eso es lo que más me llama la atención: en vez de escribir una novela él mismo, se ha dedicado a hacer un 'collage' de piezas musicales, escritas y visuales de otras personas, que en su momento se exprimieron las neuronas para crearlas.

Otro sorprendente hallazgo que me ha revuelto las tripas es la abundancia de publicidad en sus páginas. ¿Habrá sucumbido Moccia a las suculentas sumas de dinero de las multinacionales o, sin ir más lejos, de los pequeños comercios de Roma? ¿Cree que a sus lectores ávidos de historias de amor nos importa el aspecto enfermizo de Steve Jobs, cabeza pensante de la empresa Apple? ¿Son realmente necesarias las persistentes enumeraciones de restaurantes romanos, tiendas de ropa conocidas, canciones y artistas?
Sinceramente, Federico, al acabar de leer tu novela, estoy convencida de que serías un gran guionista. Quizás ya lo seas, no me he documentado, la verdad. Quizás confundiste el guión de tu próxima película con el taco de folios que contenía literatura; literatura sencilla como la de tu primera novela, pero literatura. Sí, sabemos que eres intocable ahora, que puedes escribir lo que quieras y lo seguirás vendiendo; te permitimos que escribas frases de una y dos palabras, que acribilles a tu WordOffice a puntos suspensivos o, simplemente, puntos.
Pero, ¿esto?: describes escenas completamente visuales, que en pantalla durarían 2 minutos, pero tú les dedicas páginas y páginas. Desde descripciones en las que una protagonista cocina, detallando cómo lo hace -¡vaya! por lo menos, con los 20 euros que vale el libro, nos ahorramos dinero en comprar uno de recetas-, hasta descripciones de lo cotidiano de personas ajenas a a trama -¿qué importancia tiene que el quiosquero, que ha pasado la noche de fiesta, venda periódicos a un señor, si ninguno de los dos es siquiera un personaje?

Por último, y esto lo hago en señal de solidaridad por si alguien que llegue aquí pretende, aun así, leerse el libro -o ha llegado aquí con la esperanza de no tener que leérselo- será mejor ignorar las palabras "risueño", "bromear", "reírse" y "divertido"; ya que Moccia, regocijándose en su incapacidad para escribir literatura compleja sobre personas risueñas que bromean, se ríen y son divertidas -y con esto me refiero a escribir, literalmente, sus conversaciones o bromas- se ha dedicado a sembrar, qué digo sembrar, a avasallar, las páginas con esas palabras de forma incansable. Por favor, que alguien le regale un diccionario, o en su defecto un diccionario de sinónimos, para que utilice condimentos nuevos y exóticos en la elaboración de su próximo pastel.

1 comentario:

David.J dijo...

Guau!! Oh!Oh! te adoro Nora,me ha encantado el final explosivo en el que Moccia se destruye...
Por cierto, muy bien redactado.
¿Estudias periodismo?

¡Abrazo de bloger!

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