sábado, 23 de octubre de 2010

"La red social". De entretenimiento se trata.

“La red social”. Con semejante título, ¿cómo no va a convertirse en éxito de taquilla en tiempo récord? El marketing, protagonista indiscutible del día a día -o, también podríamos decir, el protagonista al que a mi me gusta sentar en el banquillo de los acusados cada vez que tengo oportunidad-, apenas ha tenido trabajo con la promoción de esta película que, en sí, es un cebo para cualquier usuario de redes sociales que se precie. “Apenas ha tenido trabajo” es un decir, porque si yo hubiera grabado un corto de 10 minutos titulado de la misma manera, tampoco estaría escribiendo esto en una hamaca en las Maldivas... el dinero sí ha jugado un papel importante, espero que comprendan mi humilde comparación.
En fin, que como usuarios de red social, morbosos e idiotizados a partes iguales, miles de jóvenes -y no tan jóvenes; que levante la mano quien no conozca algún caso de padres y madres registrados en Facebook- han cambiado el asiento frente al ordenador por un asiento frente a la gran pantalla para saber más sobre ese gran desconocido que gobierna nuestros días -no, no exagero, hagamos examen de conciencia: todos hemos pasado muchas horas (muertas) allí-: el fenómeno conocido como red social.

Pero hablemos de la película, escándalos incomprensibles aparte. En ella se muestra la historia de la red social Facebook, idea surgida -discutiblemente, como la mayoría de ideas, que muchas veces no sabemos si hemos creado nosotros mismos o han sido resultado de las ideas de otros- de la brillante cabecita de Mark Zuckerberg, un estudiante de Harvard cuyo teclado es como una extensión de sus manos, tal es su habilidad con la informática. Zuckerberg (interpretado por Jesse Eisenberg), junto a su socio de confianza y amigo Eduardo Saverin (Andrew Garfield), engendran la semilla de lo que hoy es la mayor plataforma social del mundo.
Como en toda aventura empresarial, o en casi todas -y con este “casi todas”, intento minimizar el alzamiento de cejas de aquellos que ven como un sacrilegio que los socios de una empresa puedan discutir e, incluso, jugarse malas pasadas (y no hay más que echar un vistazo a las noticias para ver el caso Llongueras)- hay roces y cambios entre los diferentes emprendedores. Emprender consiste en ello, en estar en constante evolución, en no quedarse atrás -y perdonen si suena alejado de la realidad, quizás me equivoco, todavía no me he lanzado a este tipo de aventuras, aunque sí las estudio- y, sobre todo, en arriesgar. De ahí los beneficios. Los enormes beneficios de Facebook.

Por otra parte, y poniendo más la vista en el plano creativo de la película, no debemos olvidar que cumple su objetivo de entretener a las mil maravillas. ¿Será cierto que todo surgió por culpa de una chica? No lo sabemos, quizás sea una forma de enganchar a los espectadores -el morbo vende, y mucho-, pero conocer los escarceos sentimentales y no tan sentimentales de los protagonistas añade unos elementos de humor y profundidad absolutamente imprescindibles en una película enfocada a las grandes masas.
Por último, la ambientación y escenografía son muy buenas; algunas partes de la película me dejaron con la boca abierta, pero no diré cuales por si algún lector -¡qué importante suena eso de dirigirse a los lectores!- no la ha visto: mejor que cada uno juzgue por sí mismo.


Me voy con una de las frases que más me gustaron: “Internet no está escrito en lápiz, Mark. Está escrito con tinta”. Es cierto, hay que tener bastante prudencia, tanto con lo que publicamos como con los sitios a los que accedemos; ya que puede tener consecuencias poco previsibles. No recuerdo en qué revista lo leí, pero lo mejor es imaginarse que el espacio cibernético en el que nos movemos es como un ascensor: no digáis o hagáis nada que no os gustaría que supiera el vecino con el que vais a meteros en ese cubículo de 2x2.

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