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jueves, 27 de febrero de 2014

Por qué los dos últimos capítulos de Girls valen más que el resto

Tranquilos, en Girls no pasan tantas cosas irreversibles como para que al leer estos porqués os sintáis spoileados. Y esto es necesario: los dos últimos capítulos demuestran que Lena Dunham sabe hacer lo suyo (incluído pasarse un capítulo entero en bikini), sabe retratar algunas de las arrugas de nuestra generación, esa que avanza hiperconectada e hiperaislada por la década de los veintitantos.

Resumen: Alison, en lo más hondo de su insatisfacción vital desatada por el novio al que despreciaba cuando era friki y que luego la dejó al convertirse en emprendedor guay, decide preparar un "fin de semana sanador". Y Tras "Beach House" viene "Incidentals", pero quiero pasar ya a los porqués.

1.  Cuando se aburren como ostras, a Alison se le escapa accidentalmente que podrían pasárselo bien para instagramearlo y que todos vean lo bien que se lo pasan. ¿A alguien le suena? ¿No? Bueno, cuando seas mayor lo entenderás.

2. Beber con el objetivo de pasárselo bien pasa a ser el típico beber por beber y cuando la tasa de alcohol alcanza su clímax, da lugar a malos rollos que nunca se habían retratado tan bien como lo hace "cruel drunk Shoshanna" en una serie de chicas.

3. Si quieres honestidad, nadie te la dará. A menos que esté borracha como Shoshanna. Y no te va a gustar, amiguita. "Deberías bajar tus expectativas sobre tus amigas". "No puedo bajarlas ya más". "Mi ansiedad social me impide buscar amistades buenas para mí, en lugar de un puñado de doña nadies quejicas como vosotras".  Zasca.

4. Después de todas esas cosas horriblemente honestas y de dormir hecha un siete en algún sofá de mala muerte, cada una vuelve silenciosamente al rebaño a recoger los restos del naufragio medio liberada y medio arrepentida. Y nadie se irá porque a los 25, por duro que sea, existe cierto determinismo respecto a lo que rodea tu vida.

5. Hacer lo que te gusta y no ganar ni un un duro vs. venderte al diablo, trabajar para el negocio y poder pagarte el alquiler y un vestido caro.

6. El poder social del resto puede meterte ideas que no tenías en la cabeza, a.k.a. si tu novio raro trabaja en Broadway, será guay y seguramente le seguirán un puñado de groupies y ya no te querrá. Aunque fuese algo más que lógico.

7. El poder de atracción de un tío con barba, ojos azules y una guitarra es especialmente efectivo cuando te acaba de dejar el amigo feo de tu exnovio friki reconvertido a emprendedor guay. Y en cualquier otro caso también.

8. Trabajar en una tienda de ropa para bebés puede acabar aburriéndote aunque fuese lo que más querías. En realidad, todo puede acabar aburriéndote aunque fuese lo que más querías.

9. Está de moda ser pobre. Incluso cuando sales de una tienda cargada de bolsas. Recuerda, si te encuentras a Alison pidiéndote con los ojos trabajar en la galería que acabas de abrir y vas cargada de bolsas de ropa, di que eres pobre. Eso la confundirá. O al menos, te evitará compromisos indeseados.

10. ¿He dicho ya que Hanna se pasa todo el capítulo en bikini? Pues eso, que el ojo se te acostumbra a un cuerpo normal y corriente, con mollas y curvas.



PD: De Jessa no digo nada, pero... JESSA, PAGA LA COCA. PRIMER AVISO.
PD2: SHOSHANNA ÍDOLA.

lunes, 14 de enero de 2013

Globos de Oro 2013

Hoy vengo con un tema más superficial y frívolo: anoche fueron los Globos de Oro y, si bien habrá quien se interese por los actores y actrices premiados, mi interés siempre busca la alfombra roja y los fantásticos vestidos que por allí se pasean.

Rojo, borgoña y negro: colores que se verán mucho

Moda y glamour hollywoodiense (o intentos de ello) en la nueva entrada de mi otro blog, Fashionably Late: http://fashionlate.wordpress.com/

jueves, 16 de agosto de 2012

50 sombras bajo las que refugiarse este verano

El sol calienta, la playa calienta, la gente que se pasea por la orilla calienta... todo calienta en verano, y más a orillas del Mediterráneo. Y además es la época idónea para leer. Y teniendo un best-seller oscuro y morboso en las listas de ventas de todo el mundo, no se me ocurre otra cosa que elegirlo -y priorizarlo a clásicos como "La conjura de los necios" o "Rayuela", que estaban en mi lista de to-do- y devorarlo.

"50 sombras de Grey", de E. L. James -bajo las asépticas iniciales del autor se oculta una mujer, aunque era de esperar- es la primera novela de una trilogía que, si bien promete mucho con esas portadas sugerentes y difusas, esconde una historia no tan retorcida como podíamos imaginar -aunque, puestos a imaginar... para mentes, colores-; eso sí: poco habitual en las listas de best-sellers.

No se trata de spoilear, sino de espantar o abrir el apetito. En un mundo literario dominado por blandengues como Federico Moccia -no digo nada de Crepúsculo porque no lo he leído, pero me atrevo a compararlo también-, quizás esta novela no es la más adecuada para las generaciones posteriores a las Spice Girls. Sin embargo, la lectura es casi igual de ágil y el romanticismo impregna cada una de las páginas. Es un secreto a voces que hay tintes sadomasoquistas, pero que no cunda el pánico: sí, diré la palabra, es light, es como cuando haces zapping por la noche y en los canales autonómicos captas un flash rápido de imágenes X rodeadas por mensajitos de chat que buscan pareja para charlar "o lo que surja" -por decirlo finamente-. Solo que esos flashes no van a ser visuales.

La han descrito como una novela porno para mamás, pero yo la describiría, ahora sí, como una novela estilo Moccia -mejor escrita, con un poco más de riqueza léxica, que no es difícil- para mayores de 18 años. ¿Es para chicas? No tiene por qué. Pero que la protagonista sea una jovencita de 21 años ya dice bastante, teniendo en cuenta que en la industria del placer, en todos los ámbitos, dominan los hombres -y tampoco va a ser una excepción aquí, ojo, spoiler-. De hecho, sería hasta interesante para un hombre -por no decir revelador y formativo- leer un relato erótico desde el punto de vista de una mujer.

Resumen: es entretenida para el verano, para leer en la playa mientras ves pasearse a la gente en bañador. E, incluso, absorbente. Oh, y apta para románticas que buscan algo nuevo.

PD. Es inevitable ponerle cara al protagonista, y mi consejo es: Ryan Gosling. Así, lógico que la novela te atrape...

lunes, 25 de junio de 2012

La crisis de la lectura

Hoy no voy a hablar de política, sino de algo más importante (y lo sabéis): la cultura. Al menos, en lo que se refiere al mundo de los libros, la literatura y la lectura.

Estereotipo del español. ¡Para eso usamos los libros!
En este nuestro país, tradicionalmente lugar de vacaciones de los europeos, ya sabemos que la educación atraviesa un mal momento. Y no sólo ahora que se le cortan las alas: el problema ya venía de lejos con el fracaso escolar, las odiosas comparaciones con los vecinos de arriba, informes PISA y demás parafernalia que indica, sin lugar a dudas, que somos esos alumnos que se sientan al fondo de la clase y en vez de atender se intercambian notitas y cuchichean todo el rato.

España, país de ocio, comidillas y hedonismo. Pero ¿qué sería del hedonismo sin una buena lectura? En el metro, en la playa, antes de dormir... Antes, libros de papel. Ahora, libros electrónicos. No hay excusa: lo que antes costaba más de 10 euros, consumías en X tiempo y después pasaba a acumular polvo en una estantería el resto de tu vida, ahora lo tienes por un euro, o incluso menos, en formato electrónico. Sí, ya se que lo estoy enlazando todo fatal hoy, pero son las 5 de la madrugada. Educación-lectura-industrias culturales, ahí tenéis el croquis, por si acaso.

Y entonces pienso yo: ¿será rentable para el escritor ser escritor? Hace tiempo, me rondaba la mente la idea de una tasa única para libros, discos o películas que haría más accesible la cultura a la sociedad (que, en parte, no lee por tacaña, y prefiere descargarse ilegalmente estas cosas... bueno, ese es otro asunto). Pero claro, las distribuidoras, como siempre, querrán una parte de ese precio final. ¿Y los editores? ¿Impresores? Al final, al autor, al que vende su talento, es a quien menos le quedaría.

Hasta Ruiz Zafón es hedonista. Se lo puede permitir...
En internet, al parecer, la distribuidora se queda una parte y como no hay impresores, editores y demás, el margen de beneficio para el autor es bastante más alto. Pero no se han alcanzado todavía las cotas de popularidad y marketing de las que gozan los libros en papel. ¿O se hace la misma promoción de un ebook de un autor debutante que del último libro de Zafón? No, pero por lo que vale un libro de Zafón tienes más de 15 libros de otros autores que, quizás no tan conocidos, igualmente hagan buena literatura.

Y entonces, ¿todo esto de los ebooks será rentable para distribuidoras, editoras, impresoras...? Nunca llueve a gusto de todos y, a veces, debemos dejar que sea el animal más fuerte quien sobreviva. Ya veremos quién se come a quién. De momento, solo queda esperar y pensar ideas. Yo sigo empecinada con lo de la tasa única... Que no vivan 20 a costa del talento de uno, que eso aquí nos gusta mucho y ya vemos cómo nos va.

jueves, 16 de febrero de 2012

El placer de leer

Todavía no he acabado de leérmelo. Acudo cada noche, con el corazón encogido y un certero desconcierto, a leer lo que les ocurrirá a los protagonistas en un mundo de fantasía. En él se mezclan la realidad y la ficción, si es que cabe alguna realidad en un libro de ficción... pero, ciertamente, a veces nuestra propia realidad se torna en ficción, así que ¿por qué no?

Todavía no he acabado de leérmelo y no sé si tengo ganas de acabarlo. ¿Qué ocurre cuando se acaba una historia? Ya no hay más páginas con misterios por descubrir, el círculo se cierra, no hay vuelta atrás. Sin embargo, tampoco quiero olvidarlo en la mesilla de noche e imaginar veinte posibles desenlaces. La trama me atrapa y me engancha como el humo del opio a un vietnamita de los que deambulaban por las páginas de El americano impasible, de Graham Greene.

No diré qué libro es, ni siquiera el autor, porque no es lo importante. Lo importante es leer. Durante meses no he abierto un libro (y los que te "dejan elegir" de entre una selección para trabajos de la universidad no cuentan) y ahora, como a un pájaro que ha pasado enjaulado demasiado tiempo, me cuesta un poco abrir las alas y recuperar la práctica. Quiero despegar, que mi imaginación vuele libre, pero mi propia impaciencia me impide saborear cada vista, cada paisaje, cada corriente de aire.



Leer le da a uno alas. Ya lo descubrió la población rural de la España del s. XVII cuando leía descabelladas historias en lo que se llamaban relaciones (algo así como pequeñas crónicas). Aquellas personas vivían de una forma muy local y probablemente jamás en su vida viajarían más allá de unos kilómetros de su hogar. Su movilidad física era casi nula. Pero no su movilidad psíquica, su capacidad de vivir otras vidas dentro de la suya propia a través de la imaginación de otros.

En un mundo global como el nuestro, está al alcance de nuestra mano viajar hasta la otra punta del mundo y vivir experiencias de todo tipo en poco tiempo. Pero nunca será tan fácil como meternos en la cama, abrir un libro y deslizarnos por sus letras hasta la otra punta del universo.

viernes, 14 de octubre de 2011

¿Fondo o forma?

Lana Del Rey. Quedaos con el nombre. Bastaría decir que su voz es impresionante para que alguien se interese mínimamente en escucharla pero... -vaya, un pequeño lapsus- no, claro que no bastaría, ¡estamos en el s. XXI! ¿A quién le va a interesar sólo un poco de talento, crudo y sin pulir?
Añadiré el vídeo de su single para hacer un poco más gráfico a lo que me refiero:



Efectivamente, no está nada mal. Como las otras que aparecían en este artículo de El País-Tentaciones que me ha dejado un poco patidifusa. ¿Patidifusa? Sí, un poco. Es innegable que estas chicas talento y voz tienen, al menos la cantante con la que abro el post. Pero en la forma de promocionarse prima mucho más la forma que el fondo. Veamos: todas ellas aprovechan la baza física, el cuerpo 10 que tienen -cebo número uno para pescar al segmento de mercado masculino-, aunque sin llegar al extremo Rihanna.


Es como si la industria de la música se viera obligada a tirar de imagen y no tanto del propio talento del artista para conseguir ventas. ¿O escuchamos a Lady Gaga, Katy Perry o Beyoncé sólo por sus voces? No, las escuchamos porque sí, nos gusta su música -hecha para gustar fácilmente, por cierto- pero también por todo el espectáculo que conllevan. Se invierten millones en un artista, que luego toca recuperar con cuanta más parafernalia mejor. Pero ¿no nos estaremos cargando las raíces de lo que es este arte en sí?



Lo mismo ocurre en otras industrias culturales, como la del cine. Hollywood. De un tiempo a esta parte, parece que todas las películas que salen de aquel horno son iguales: explosiones, chica sexy que al final se va con el tío duro, muchos efectos especiales... y muy poco argumento. ¿Cuánto cuesta hacer todo eso? Muchos millones. ¿Cuánto cuesta hacer una película con un buen argumento y una puesta en escena decente? Dinero, sí, pero no tanto. Sin embargo, consumimos más las películas clónicas americanas que las que aportan algo y te hacen pensar cuando sales de la sala de cine.

En fin, la moraleja de todo esto es que nos lo hemos buscado, la globalización -sí, me ha dado con la globalización, qué pasa- nos lleva cada vez más a un mundo frívolo, acelerado y con ganas de ser sorprendido. Y cada vez es más difícil sorprender. Pero sería sorprendente darnos cuenta de que nosotros dirigimos el rumbo de este barco, y que lo que elijamos ahora se consumirá mañana. Pues eso, elijamos.

lunes, 10 de enero de 2011

Obsolescencia programada

Anoche, en la 2 de TVE, me quedé enganchada a Comprar, tirar, comprar de Cosima Dannoritzer. No soy fan de los documentales -si hacéis click en el título, podéis ver el documental entero-, pero la temática de éste era tan cotidiana e interesante que no lo pude evitar. La obsolescencia programada es un hecho que no todos conocemos como tal, sin embargo, todos nos hemos quejado alguna vez de lo rápido que se nos rompe un producto, de lo fácilmente que se estropea y lo poco que dura. Y, por supuesto, todos somos conscientes de la cantidad de vertederos y puntos de vertido de basuras que hay en el mundo, y que a día de hoy es una lacra para la biodiversidad y un monstruo para verdaderas joyas de la naturaleza (sin olvidar el espacio, recipiente lejano en el que también se expulsa gran cantidad de residuos que los humanos no sabemos dónde meter...).

Pues bien, pasemos a hablar de qué va todo esto. ¿Qué ocurriría si los productos que compramos durasen -por no decir toda la vida- una media de 20-30 años? Por un lado, estaríamos más satisfechos, nuestro dinero estaría bien invertido en un objeto o servicio que cubre nuestras necesidades de forma eficiente. Por otro lado, una vez todos los hogares contaran con esos productos de larga duración, la industria que los fabrica ya no tendría con qué lucrarse y, dado que el objetivo de las empresas es el beneficio, se iría a pique. La consecuencia de que una industria se hunda, lo hemos visto, es el paro. Y si no hay trabajo, no hay salario, y si no hay salario, no se puede consumir. Y si no hay consumo, la economía no crece. Es como el perro que se muerde la cola.

Mi madre, que estaba viendo la tele conmigo, comentó que en su casa, cuando era pequeña, tenían unas bombillas que nunca se fundían, que llevaban allí puestas desde que se construyó la casa. Y en el documental, como escuchando a mi madre, apareció un señor mostrando su pequeña nevera, adquirida en una Alemania en la que todavía se alzaba el muro de Berlín: la nevera tenía más años que yo y funcionaba, según este hombre, correctamente. Ni siquiera le había tenido que cambiar la bombilla. Lo mismo ocurría con diferentes inventos, como las medias de nylon increíblemente resistentes, que fueron diseñados para durar.

Los ingenieros que investigaban para conseguir tan buenos resultados, se vieron obligados a crear tejidos y materiales menos resistentes, que pasado un tiempo no sirvieran -¿y la ética?, ¿y el valor de su trabajo por haber llegado tan lejos?- e hicieran a los consumidores tener que tirar los antiguos y comprar unos nuevos. Al mismo tiempo, nació lo que conocemos como la moda, el querer tener siempre el último producto que sale, la tendencia más novedosa y más bonita sin importar su utilidad ni el ciclo de vida que tendrá. Como curiosidad controvertida y que da nombre a esta entrada, me enteré de la existencia de chips diseñados para inutilizar productos electrónicos -véase una impresora- una vez éstos han alcanzado un número de usos o una edad. Indignante, ¿no? Pues de eso va la obsolescencia programada.

Es decir, que comenzó el consumismo en su vertiente más desdeñable e imparable: comprar, usar y tirar. Pero ¿a dónde va todo lo que tiramos? No todo se recicla, o es posible reciclarlo. Los residuos se acumulan en un planeta cada vez más ahogado por las emisiones contaminantes de los coches, de esas mismas fábricas que producen objetos de corta vida, etc. Al ritmo que vamos, o las políticas medioambientales empiezan a calar en las empresas y la población se conciencia sobre reciclar y llevar formas de vida menos contaminantes o... lo veo negro.


jueves, 11 de noviembre de 2010

El Ágora, ese gran desconocido


"El tenis es un deporte aburrido". Me dispuse a derribar este tópico -o unirme a los que lo profesan- el día 6 de noviembre, noche de la semifinal del Open 500 de Valencia, para el que me habían caído dos entradas del cielo. A todo esto, sin mi acompañante-comentarista no hubiera entendido ni la mitad del partido, es lo que tiene no ser muy deportista... ;)

Pues bien, nos dispusimos a aparcar por las cercanías del recinto del Ágora -sí, ese que parece una almeja azul-, dudando si habría sitio o no. Por suerte, se encuentra estratégicamente situado entre dos centros comerciales, el Saler y el Aqua, que disponen de aparcamiento gratuito durante unas horas; sin embargo, no estaba todo tan lleno como pensábamos y no fue tan difícil aparcar. Por los alrededores nada indicaba que se estuviera celebrando un evento deportivo de esos -al menos, eso dicen en la Generalitat Valenciana- que atraen montones de turistas.

Y entonces, se hizo la luz. La luz de los chiringuitos que tenían allí montados, digo. Una buena riada de gente bajaba hasta ese desconocido lugar, interminablemente en obras, que se encuentra junto al Museo de las Ciencias. Había pequeñas tiendas de ropa de deporte y, lo que más me gusta, puestos en los que daban muestras gratuitas de cosas: perfume de Adolfo Dominguez, productos -¡sólo masculinos!, qué decepción...- de Dove... También había un recinto para que los niños jugaran -la verdad, llevar a jugar al niño a un sitio con tal tumulto de gente es un poco ilógico- y puestos de comida rápida con precios de tenis, ¡hot dog a 5 euros!

Ante la entrada, habían colocado un pequeño saloncete para Radio 9, que me apresuré a curiosear -como dice Juan de Dios Ramírez-Heredia, siempre hay que ir con la curiosidad por delante-, aunque me urgía más entrar a calentar mi silla porque se hacía tarde y hacía frío. Un último vistazo a la enorme pantalla con sus altavoces -muy a lo MTV, en vez de poner música española sonaba California girls-, y para adentro.

Primera impresión: ANDAMIOS. ¿Cómo que andamios? Ya sé que esto no es Wimbledon, y sólo es un Open 500 pero, en fin, ya que tenemos anuncios de Amstel diciendo que nuestro Ágora "mola más", pensaba que algo de razón tendrían. Pues no. Un entresijo de andamios rodeaba la pista de tenis en la que se ha celebrado todo el torneo.

Segunda impresión: horribles sillitas de plástico que eran más apropiadas para niños. Vamos, que si las hubieran comprado en Ikea, habría salido más barato y hubiéramos estado más cómodos. No se aprecia muy bien en la foto, pero estabas prácticamente apretado contra el de al lado. Y el respaldo, blandito y corto -sí, perfecto para que la espalda esté recta y descansando en esos eternos sets que hacen... ¿se nota la ironía, no?-.

Aparte de esto, no hay mucho que recalcar. Ah, sí: el partido entre Granollers (España) y Simon (Francia) fue bastante monótono, con sólo algún punto de emoción, como un momento en el que el español le dio a la pelota aún estando a espaldas de él. El juego empezó con un Simon muy crecido que nos hizo pensar que vencería; pero después Granollers se impuso, generándole una divertida rabieta al francés, que en unos cuantos saques no fue capaz de lanzar la pelota más allá de la red -no estoy muy puesta en tenis, pero sacar no parece tan complicado jugando a Wii Sports... vale, no me peguéis-.

El público no era muy entusiasta, aplaudía igual a uno que a otro; creo que estaban más concentrados en el ejercicio de cuello que supone mirar hacia un lado y otro del campo -¡para qué ir a yoga, si tienes un partido de tenis!-, cosa que resultaba bastante cómica de ver. El único inciso en el que se volcaron fue aquel en que uno de los árbitros se llevó un pelotazo, pero para reírse. Pobrecito, qué sádicos.

A la salida, me fijé en el Amstel Lounge, muy vistoso. Había montada una terraza sobre la piscina más próxima al Ágora: las mesas estaban dentro de una especie de plataformas redondas instaladas sobre el agua, e iluminadas con velitas. Por fuera, además, había una zona de estilo chill out, con cojines y mesas en el suelo, que tanto se llevan ahora. Más adelante, Umbracle había instalado también mesas y sillas que se iluminaban de noche en tonos azules y rosas -a mi, es que estas cosas me encantan, creo que se nota- y daban un aspecto entre romántico e íntimo al lugar.

Confieso que no me quedé a ver el siguiente partido, en el que jugaba Murray; con este tuve ya bastante. La conclusión está clara: en mi lista de deportes que merece la pena ver, de momento el tenis no ocupa los primeros puestos. Donde esté el jolgorio que suscita el PowerElectronics... ¡que se quite lo demás!


martes, 9 de noviembre de 2010

La Ventana en la Universidad de Valencia, 28 de octubre de 2010



Hace ya dos semanas, concretamente el 28 de octubre, la Universidad de Valencia acogió con curiosidad y expectación -al menos, por parte de los aún no iniciados en materia- la visita de la Cadena Ser. El programa La ventana, presentado por Gemma Nierga, se grababa aquella tarde en el aula magna de la Facultad de Medicina y Odontología, situada en la universitaria avenida Blasco Ibáñez. Esta visita formaba parte de la gira "Ideas por descubrir", con la que el programa ha recorrido España con un doble objetivo: conocer y darse a conocer.

Una larga cola de alumnos, de aficionados a la radio y al programa, y de curiosos, se dejó ver momentos antes de convertirse en público oyente, bien acomodado en las confortables butacas del salón. Nierga, con la afabilidad y saber estar de los que hace gala en sus programas, paseó entre los asistentes, micrófono en mano, para saludar.

Y entonces comenzó el espectáculo: tres horas de actualidad, política, teatro, deporte, música, cultura y humor. La sección de política contó con el periodista Carlos Carnicero que, a diferencia de los otros colaboradores habituales -y no tan habituales, como el delegado del periódico La Razón en la Comunidad Valenciana, Iñaki Zaragüeta- no disponía de un guión en papel. Estos dos últimos fueron protagonistas de un apasionado debate sobre la impunidad de ciertos cargos políticos. El actor Pepe Sancho, natural de Manises (Valencia) e invitado al programa, también se incorporó -con su fuerte carácter- a la conversación.

Tras una breve pausa publicitaria que sirvió para calmar los ánimos, la sección de deporte contó con otro reconocido valenciano, Juan Carlos Ferrero, tenista que ocupó el primer puesto del mundo en 2003; y su entrenador. Ferrero, que fue operado recientemente, señaló que no iba a participar en el Open 500 de Valencia, cuya final tuvo lugar el pasado fin de semana en el edificio del Ágora, construido por Calatrava; pero expresó su deseo de organizar el evento en un futuro.

Sancho, más relajado, volvió a sentarse frente al micrófono en la sección de cultura, que lo reunió con su compañera de reparto en Cuéntame cómo pasó, la actriz María Galiana. Galiana, que se encontraba en Valencia representando la obra Fugadas en el Teatro Olympia, habló de su trayectoria como actriz, de su vida, y puso el toque de ternura y salero andaluz a la grabación. Por su parte, Sancho habló de la obra Los intereses creados -hasta el 12 de diciembre en el Teatro Rialto de Valencia-, de la que es director e intérprete. Como anécdota, Sancho confesó que de pequeño quería escapar a Hollywood para ser actor porque, en las películas, los actores apagaban su cigarrillo Winston poco después de haberlo encendido. "¡Si ganaban tanto dinero como para fumarse así los Winston, yo también quería tenerlo!", comentó, entre risas.

Una de las sorpresas de la velada fue a cargo del Bioparc: un águila bocinera hizo acto de presencia con toda su majestuosidad y sin ningún tipo de atadura -el trabajador que la traía ni siquiera llevaba guante de cuero-. Junto al ave, y en una escena algo atípica, se encontraba el rector de la Universidad de Valencia, Esteban Morcillo. Asimismo, se prestó atención a emprendedores valencianos como Món Horxata, responsables de la producción y comercialización de horchata ecológica en puntos emblemáticos de Valencia.


Por último, el programa contó con la actuación de Muchachito Bombo Infierno, al que previamente entrevistó Nierga -aunque, más que hablar de su nuevo disco, protagonizó un pequeño monólogo humorístico sobre su vida- y que vino acompañado de un pintor que se dedicó a retratar al músico en una caricatura.
Para terminar, despedimos este artículo con un vídeo -mi agradecimiento al usuario que lo ha subido a Youtube- de una de las canciones que tocó, una versión de la famosa canción de El libro de la selva.

sábado, 23 de octubre de 2010

"La red social". De entretenimiento se trata.

“La red social”. Con semejante título, ¿cómo no va a convertirse en éxito de taquilla en tiempo récord? El marketing, protagonista indiscutible del día a día -o, también podríamos decir, el protagonista al que a mi me gusta sentar en el banquillo de los acusados cada vez que tengo oportunidad-, apenas ha tenido trabajo con la promoción de esta película que, en sí, es un cebo para cualquier usuario de redes sociales que se precie. “Apenas ha tenido trabajo” es un decir, porque si yo hubiera grabado un corto de 10 minutos titulado de la misma manera, tampoco estaría escribiendo esto en una hamaca en las Maldivas... el dinero sí ha jugado un papel importante, espero que comprendan mi humilde comparación.
En fin, que como usuarios de red social, morbosos e idiotizados a partes iguales, miles de jóvenes -y no tan jóvenes; que levante la mano quien no conozca algún caso de padres y madres registrados en Facebook- han cambiado el asiento frente al ordenador por un asiento frente a la gran pantalla para saber más sobre ese gran desconocido que gobierna nuestros días -no, no exagero, hagamos examen de conciencia: todos hemos pasado muchas horas (muertas) allí-: el fenómeno conocido como red social.

Pero hablemos de la película, escándalos incomprensibles aparte. En ella se muestra la historia de la red social Facebook, idea surgida -discutiblemente, como la mayoría de ideas, que muchas veces no sabemos si hemos creado nosotros mismos o han sido resultado de las ideas de otros- de la brillante cabecita de Mark Zuckerberg, un estudiante de Harvard cuyo teclado es como una extensión de sus manos, tal es su habilidad con la informática. Zuckerberg (interpretado por Jesse Eisenberg), junto a su socio de confianza y amigo Eduardo Saverin (Andrew Garfield), engendran la semilla de lo que hoy es la mayor plataforma social del mundo.
Como en toda aventura empresarial, o en casi todas -y con este “casi todas”, intento minimizar el alzamiento de cejas de aquellos que ven como un sacrilegio que los socios de una empresa puedan discutir e, incluso, jugarse malas pasadas (y no hay más que echar un vistazo a las noticias para ver el caso Llongueras)- hay roces y cambios entre los diferentes emprendedores. Emprender consiste en ello, en estar en constante evolución, en no quedarse atrás -y perdonen si suena alejado de la realidad, quizás me equivoco, todavía no me he lanzado a este tipo de aventuras, aunque sí las estudio- y, sobre todo, en arriesgar. De ahí los beneficios. Los enormes beneficios de Facebook.

Por otra parte, y poniendo más la vista en el plano creativo de la película, no debemos olvidar que cumple su objetivo de entretener a las mil maravillas. ¿Será cierto que todo surgió por culpa de una chica? No lo sabemos, quizás sea una forma de enganchar a los espectadores -el morbo vende, y mucho-, pero conocer los escarceos sentimentales y no tan sentimentales de los protagonistas añade unos elementos de humor y profundidad absolutamente imprescindibles en una película enfocada a las grandes masas.
Por último, la ambientación y escenografía son muy buenas; algunas partes de la película me dejaron con la boca abierta, pero no diré cuales por si algún lector -¡qué importante suena eso de dirigirse a los lectores!- no la ha visto: mejor que cada uno juzgue por sí mismo.


Me voy con una de las frases que más me gustaron: “Internet no está escrito en lápiz, Mark. Está escrito con tinta”. Es cierto, hay que tener bastante prudencia, tanto con lo que publicamos como con los sitios a los que accedemos; ya que puede tener consecuencias poco previsibles. No recuerdo en qué revista lo leí, pero lo mejor es imaginarse que el espacio cibernético en el que nos movemos es como un ascensor: no digáis o hagáis nada que no os gustaría que supiera el vecino con el que vais a meteros en ese cubículo de 2x2.

martes, 19 de octubre de 2010

"Perdona, pero quiero tirar tu libro". Moccia, el rey del marketing.

Cuando vi en aquella librería el pasteloso -y nunca mejor dicho- marcalibros gratuito anunciando la próxima novela de Federico Moccia, reconozco que me emocioné. Un marcalibros con la imagen de una tarta de boda. "Perdona, pero quiero casarme contigo", se iba a llamar la obra. Yo soy de las que descubrió a Moccia con "A tres metros sobre el cielo", antes, incluso, de que empezara a apoderarse de las curiosas recomendaciones culturales de las revistas femeninas. Sí, era mi época quinceañera y cursi, y quizás mi capacidad de valoración no era completamente objetiva, pero admito que me gustó.
Después, llegó la hecatombe. El 'famoso' Moccia, vendiendo millones de libros, creó su propia espiral de riqueza y -paradójicamente- de destrucción. Riqueza, porque es evidente que con las novelas, las películas y todo el merchandising, habrá ganado unos cuantos euros. Pero destrucción, porque justo en ese momento, cuando el esfuerzo por inventar e innovar fue innecesario, comenzó a destruir su nombre, su leyenda, el mito de sus novelas. ¿Los candados en el puente y las llaves en el río? Eso ya es agua pasada.

En esta última demostración de cómo el dinero puede, en ocasiones, llegar a corromper el talento, Moccia echa mano de citas y composiciones de otros frecuentemente. Por ejemplificarlo de algún modo, si los editores hubiesen decidido prescindir de toda la parafernalia ajena a la creatividad del propio autor, el grosor del libro se habría visto reducido a la mitad. Es especialmente perturbador -molesto como una televisión encendida con el programa 'Sálvame' cuando intentas concentrarte en escribir o hacer un sudoku, diría yo- el hecho de que incluya letras de canciones de artistas italianos de los cuales, al menos en mi casa, no he oído hablar nunca -y no es que sea experta en música italiana, pero mis conocimientos tengo-. Tampoco ahorra palabras en citas de otros escritores o autores. Dicen que cuando uno no tiene argumentos propios, utiliza los de los demás, y eso es lo que más me llama la atención: en vez de escribir una novela él mismo, se ha dedicado a hacer un 'collage' de piezas musicales, escritas y visuales de otras personas, que en su momento se exprimieron las neuronas para crearlas.

Otro sorprendente hallazgo que me ha revuelto las tripas es la abundancia de publicidad en sus páginas. ¿Habrá sucumbido Moccia a las suculentas sumas de dinero de las multinacionales o, sin ir más lejos, de los pequeños comercios de Roma? ¿Cree que a sus lectores ávidos de historias de amor nos importa el aspecto enfermizo de Steve Jobs, cabeza pensante de la empresa Apple? ¿Son realmente necesarias las persistentes enumeraciones de restaurantes romanos, tiendas de ropa conocidas, canciones y artistas?
Sinceramente, Federico, al acabar de leer tu novela, estoy convencida de que serías un gran guionista. Quizás ya lo seas, no me he documentado, la verdad. Quizás confundiste el guión de tu próxima película con el taco de folios que contenía literatura; literatura sencilla como la de tu primera novela, pero literatura. Sí, sabemos que eres intocable ahora, que puedes escribir lo que quieras y lo seguirás vendiendo; te permitimos que escribas frases de una y dos palabras, que acribilles a tu WordOffice a puntos suspensivos o, simplemente, puntos.
Pero, ¿esto?: describes escenas completamente visuales, que en pantalla durarían 2 minutos, pero tú les dedicas páginas y páginas. Desde descripciones en las que una protagonista cocina, detallando cómo lo hace -¡vaya! por lo menos, con los 20 euros que vale el libro, nos ahorramos dinero en comprar uno de recetas-, hasta descripciones de lo cotidiano de personas ajenas a a trama -¿qué importancia tiene que el quiosquero, que ha pasado la noche de fiesta, venda periódicos a un señor, si ninguno de los dos es siquiera un personaje?

Por último, y esto lo hago en señal de solidaridad por si alguien que llegue aquí pretende, aun así, leerse el libro -o ha llegado aquí con la esperanza de no tener que leérselo- será mejor ignorar las palabras "risueño", "bromear", "reírse" y "divertido"; ya que Moccia, regocijándose en su incapacidad para escribir literatura compleja sobre personas risueñas que bromean, se ríen y son divertidas -y con esto me refiero a escribir, literalmente, sus conversaciones o bromas- se ha dedicado a sembrar, qué digo sembrar, a avasallar, las páginas con esas palabras de forma incansable. Por favor, que alguien le regale un diccionario, o en su defecto un diccionario de sinónimos, para que utilice condimentos nuevos y exóticos en la elaboración de su próximo pastel.